Socializando Datos


Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Llevamos prisa. No sé por qué, pero parece que todo el tiempo queremos llegar a algún lugar lo más rápido posible. Tal y como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas: - ¡Dios mío, voy a llegar tarde!

Esto se da en todos los sentidos. La exigencia que nos hemos impuesto nos impele a ser las y los primeros. Ya no recordamos, casi, aquella lección que nos daba José Alfredo, entonando al rey: no hay que llegar primero, hay que saber llegar.

La inmediatez, en toda su expresión, se refleja en la demanda de la respuesta ipso facto.

Por las avenidas y calles de la ciudad, la velocidad es la tónica, y los carteles con el límite de la misma, el adorno.

Si buscamos razones, en el entorno de la zona conurbada de Colima-Villa de Álvarez, no hay tantas razones para conducirnos a altas velocidades por las calles y avenidas. Todo está relativamente cerca.

Cierto, hay ciertos momentos y lugares en que debemos esperar dos o tres semáforos, pero aún con ello, los tiempos de traslado de ninguna manera son excesivos. Hablamos de minutos, no de horas.

¿Qué nos impele a actuar de esta manera? ¿Qué nos mueve a la prisa? ¿Por qué no respetamos el reglamento de tránsito?

En días en que la violencia esta por doquier, ya no al amparo de las sombras y en las periferias, también la manera de conducirnos puede constituirse en una forma de violencia hacia las demás personas.

He visto a conductores echar encima su auto -literalmente- porque el de adelante va a la velocidad indicada, y a veces, a más de lo que se señala.

La estadística de accidentes de tránsito terrestre en zonas urbanas y suburbanas (INEGI, 2020), indican 301,678 para el país; Nuevo León concentró el 21.2%, Nayarit presenta la menor incidencia, con el 0.3 por ciento, y Colima reportó 1.7%, con un total de 5,076 accidentes.

Al interior de la entidad, los municipios de Colima y Villa de Álvarez concentraron el 44.9%, si le sumamos Manzanillo, el porcentaje se eleva a 77.1 por ciento.

Se pueden indagar muchos otros indicadores: fatales, no fatales, sólo daños, aliento alcohólico, uso del cinturón de seguridad, entre otros.

Pero observe a quienes conducimos: ¿Cuántas personas van a exceso de velocidad? ¿Cuántas van utilizando celular al manejar? ¿Se usan las señales para cambiar de carril? Pero al observar, también obsérvese.

A lo anterior le podemos agregar la impunidad al infringir las reglas de tránsito: pasarse el alto, ya hablamos de las velocidades. No pasa nada y ello genera el que se sigan infringiendo tales normas.

Qué razón tenía Mafalda con su expresión: ¡paren el mundo que me quiero bajar!

Pero no nos bajemos del mundo, cambiemos nuestra forma de conducirnos, reflexiones el porqué de las prisas. Hay muchos accidentes atribuidos al factor humano que se pueden evitar si ponemos atención a qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, por añadidura, al cuidarnos a nosotros y a quienes nos acompañan, también cuidamos a otras personas que viajan por donde transitamos.

Otro elemento, esa violencia que se percibe en las calles y avenidas por quienes conducen algún vehículo, disminuirá.

Corresponsabilidad social.

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Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Llevamos prisa. No sé por qué, pero parece que todo el tiempo queremos llegar a algún lugar lo más rápido posible. Tal y como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas: - ¡Dios mío, voy a llegar tarde!

Esto se da en todos los sentidos. La exigencia que nos hemos impuesto nos impele a ser las y los primeros. Ya no recordamos, casi, aquella lección que nos daba José Alfredo, entonando al rey: no hay que llegar primero, hay que saber llegar.

La inmediatez, en toda su expresión, se refleja en la demanda de la respuesta ipso facto.

Por las avenidas y calles de la ciudad, la velocidad es la tónica, y los carteles con el límite de la misma, el adorno.

Si buscamos razones, en el entorno de la zona conurbada de Colima-Villa de Álvarez, no hay tantas razones para conducirnos a altas velocidades por las calles y avenidas. Todo está relativamente cerca.

Cierto, hay ciertos momentos y lugares en que debemos esperar dos o tres semáforos, pero aún con ello, los tiempos de traslado de ninguna manera son excesivos. Hablamos de minutos, no de horas.

¿Qué nos impele a actuar de esta manera? ¿Qué nos mueve a la prisa? ¿Por qué no respetamos el reglamento de tránsito?

En días en que la violencia esta por doquier, ya no al amparo de las sombras y en las periferias, también la manera de conducirnos puede constituirse en una forma de violencia hacia las demás personas.

He visto a conductores echar encima su auto -literalmente- porque el de adelante va a la velocidad indicada, y a veces, a más de lo que se señala.

La estadística de accidentes de tránsito terrestre en zonas urbanas y suburbanas (INEGI, 2020), indican 301,678 para el país; Nuevo León concentró el 21.2%, Nayarit presenta la menor incidencia, con el 0.3 por ciento, y Colima reportó 1.7%, con un total de 5,076 accidentes.

Al interior de la entidad, los municipios de Colima y Villa de Álvarez concentraron el 44.9%, si le sumamos Manzanillo, el porcentaje se eleva a 77.1 por ciento.

Se pueden indagar muchos otros indicadores: fatales, no fatales, sólo daños, aliento alcohólico, uso del cinturón de seguridad, entre otros.

Pero observe a quienes conducimos: ¿Cuántas personas van a exceso de velocidad? ¿Cuántas van utilizando celular al manejar? ¿Se usan las señales para cambiar de carril? Pero al observar, también obsérvese.

A lo anterior le podemos agregar la impunidad al infringir las reglas de tránsito: pasarse el alto, ya hablamos de las velocidades. No pasa nada y ello genera el que se sigan infringiendo tales normas.

Qué razón tenía Mafalda con su expresión: ¡paren el mundo que me quiero bajar!

Pero no nos bajemos del mundo, cambiemos nuestra forma de conducirnos, reflexiones el porqué de las prisas. Hay muchos accidentes atribuidos al factor humano que se pueden evitar si ponemos atención a qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, por añadidura, al cuidarnos a nosotros y a quienes nos acompañan, también cuidamos a otras personas que viajan por donde transitamos.

Otro elemento, esa violencia que se percibe en las calles y avenidas por quienes conducen algún vehículo, disminuirá.

Corresponsabilidad social.

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03 de Mayo del 2022

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Balvanero Balderrama García

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Llevamos prisa. No sé por qué, pero parece que todo el tiempo queremos llegar a algún lugar lo más rápido posible. Tal y como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas: - ¡Dios mío, voy a llegar tarde!

Esto se da en todos los sentidos. La exigencia que nos hemos impuesto nos impele a ser las y los primeros. Ya no recordamos, casi, aquella lección que nos daba José Alfredo, entonando al rey: no hay que llegar primero, hay que saber llegar.

La inmediatez, en toda su expresión, se refleja en la demanda de la respuesta ipso facto.

Por las avenidas y calles de la ciudad, la velocidad es la tónica, y los carteles con el límite de la misma, el adorno.

Si buscamos razones, en el entorno de la zona conurbada de Colima-Villa de Álvarez, no hay tantas razones para conducirnos a altas velocidades por las calles y avenidas. Todo está relativamente cerca.

Cierto, hay ciertos momentos y lugares en que debemos esperar dos o tres semáforos, pero aún con ello, los tiempos de traslado de ninguna manera son excesivos. Hablamos de minutos, no de horas.

¿Qué nos impele a actuar de esta manera? ¿Qué nos mueve a la prisa? ¿Por qué no respetamos el reglamento de tránsito?

En días en que la violencia esta por doquier, ya no al amparo de las sombras y en las periferias, también la manera de conducirnos puede constituirse en una forma de violencia hacia las demás personas.

He visto a conductores echar encima su auto -literalmente- porque el de adelante va a la velocidad indicada, y a veces, a más de lo que se señala.

La estadística de accidentes de tránsito terrestre en zonas urbanas y suburbanas (INEGI, 2020), indican 301,678 para el país; Nuevo León concentró el 21.2%, Nayarit presenta la menor incidencia, con el 0.3 por ciento, y Colima reportó 1.7%, con un total de 5,076 accidentes.

Al interior de la entidad, los municipios de Colima y Villa de Álvarez concentraron el 44.9%, si le sumamos Manzanillo, el porcentaje se eleva a 77.1 por ciento.

Se pueden indagar muchos otros indicadores: fatales, no fatales, sólo daños, aliento alcohólico, uso del cinturón de seguridad, entre otros.

Pero observe a quienes conducimos: ¿Cuántas personas van a exceso de velocidad? ¿Cuántas van utilizando celular al manejar? ¿Se usan las señales para cambiar de carril? Pero al observar, también obsérvese.

A lo anterior le podemos agregar la impunidad al infringir las reglas de tránsito: pasarse el alto, ya hablamos de las velocidades. No pasa nada y ello genera el que se sigan infringiendo tales normas.

Qué razón tenía Mafalda con su expresión: ¡paren el mundo que me quiero bajar!

Pero no nos bajemos del mundo, cambiemos nuestra forma de conducirnos, reflexiones el porqué de las prisas. Hay muchos accidentes atribuidos al factor humano que se pueden evitar si ponemos atención a qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, por añadidura, al cuidarnos a nosotros y a quienes nos acompañan, también cuidamos a otras personas que viajan por donde transitamos.

Otro elemento, esa violencia que se percibe en las calles y avenidas por quienes conducen algún vehículo, disminuirá.

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