Socializando Datos


Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Un primer paso, necesario, en el avance de la atención de una problemática es reconocer que existe.

No es posible avanzar desde la negación o minimización; por ello, es menester entender la dimensión, profundidad y alcances de lo que nos afecta.

Regularmente sentimos los efectos, las consecuencias; en ocasiones irrumpen de manera abrupta, como un alud; pero en otras, su desarrollo en lento, al parecer de manera aislada, en el tiempo y en el espacio.

Es más fácil darse cuenta de un problema cuando surge de improviso y nos afecta grandemente. Un sismo, por ejemplo, con las consecuencias para la población, la infraestructura, los bienes patrimoniales.

Complicado es cuando sucede como aquella paradoja de la rana y el agua hirviendo; cómo nos vamos adaptando y aceptando situaciones que son perjudiciales para todas y todos. Es, de alguna manera, normalizar.

No hace mucho, en este rincón del Pacífico mexicano, escuchar una ambulancia, patrulla, era motivo de zozobra, inquietud. Ese símbolo de una problemática: accidente, acción violenta, algún hecho delictivo, hoy en día es un sonido normalizado en los ruidos de ciudades y pueblos. Forma parte del sonido ambiental, con lo que ello significa.

A pesar de ello, en el fuero interno exteriorizado, no se considera normal. La sensación de inseguridad, a nivel nacional y en amplios espacios focalizados en el país, está latente. El 74.6% de la población dijo sentirse insegura en su entidad de residencia (ENVIPE, 2023).

El INEGI tiene una medición de esta cuestión de la victimización y la percepción de la inseguridad, desde hace más de una década. Esta encuesta, anual, permite darle un seguimiento en los últimos años a estas variables. Abona, por supuesto al conocimiento de este fenómeno que denota afectaciones en todos los espacios de relación.

Por ejemplo, un dato que siempre ha llamado la atención es la gran cantidad de delitos que no son denunciados ante la autoridad; la ENVIPE señala que está representó el 92.4% del total de delitos, cifra negra se le dice.

La encuesta en abundante en detalles: prevalencia delictiva, cambios de hábitos con motivo de la inseguridad -vivida o percibida-, atestiguamiento de delitos, montos invertidos para tratar de proteger su hogar (1.08% del PIB), víctimas por sexo. Mucha información para el análisis, pero, sobre todo, para la toma de decisiones que atiendan este flagelo cada vez más extendido.

No minimizar, no negar, no limitarse a comentar que hay disminución. Sí al derecho a vivir en paz, sí a espacios seguros para todas y todos.

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Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Un primer paso, necesario, en el avance de la atención de una problemática es reconocer que existe.

No es posible avanzar desde la negación o minimización; por ello, es menester entender la dimensión, profundidad y alcances de lo que nos afecta.

Regularmente sentimos los efectos, las consecuencias; en ocasiones irrumpen de manera abrupta, como un alud; pero en otras, su desarrollo en lento, al parecer de manera aislada, en el tiempo y en el espacio.

Es más fácil darse cuenta de un problema cuando surge de improviso y nos afecta grandemente. Un sismo, por ejemplo, con las consecuencias para la población, la infraestructura, los bienes patrimoniales.

Complicado es cuando sucede como aquella paradoja de la rana y el agua hirviendo; cómo nos vamos adaptando y aceptando situaciones que son perjudiciales para todas y todos. Es, de alguna manera, normalizar.

No hace mucho, en este rincón del Pacífico mexicano, escuchar una ambulancia, patrulla, era motivo de zozobra, inquietud. Ese símbolo de una problemática: accidente, acción violenta, algún hecho delictivo, hoy en día es un sonido normalizado en los ruidos de ciudades y pueblos. Forma parte del sonido ambiental, con lo que ello significa.

A pesar de ello, en el fuero interno exteriorizado, no se considera normal. La sensación de inseguridad, a nivel nacional y en amplios espacios focalizados en el país, está latente. El 74.6% de la población dijo sentirse insegura en su entidad de residencia (ENVIPE, 2023).

El INEGI tiene una medición de esta cuestión de la victimización y la percepción de la inseguridad, desde hace más de una década. Esta encuesta, anual, permite darle un seguimiento en los últimos años a estas variables. Abona, por supuesto al conocimiento de este fenómeno que denota afectaciones en todos los espacios de relación.

Por ejemplo, un dato que siempre ha llamado la atención es la gran cantidad de delitos que no son denunciados ante la autoridad; la ENVIPE señala que está representó el 92.4% del total de delitos, cifra negra se le dice.

La encuesta en abundante en detalles: prevalencia delictiva, cambios de hábitos con motivo de la inseguridad -vivida o percibida-, atestiguamiento de delitos, montos invertidos para tratar de proteger su hogar (1.08% del PIB), víctimas por sexo. Mucha información para el análisis, pero, sobre todo, para la toma de decisiones que atiendan este flagelo cada vez más extendido.

No minimizar, no negar, no limitarse a comentar que hay disminución. Sí al derecho a vivir en paz, sí a espacios seguros para todas y todos.

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13 de Septiembre del 2023

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Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Un primer paso, necesario, en el avance de la atención de una problemática es reconocer que existe.

No es posible avanzar desde la negación o minimización; por ello, es menester entender la dimensión, profundidad y alcances de lo que nos afecta.

Regularmente sentimos los efectos, las consecuencias; en ocasiones irrumpen de manera abrupta, como un alud; pero en otras, su desarrollo en lento, al parecer de manera aislada, en el tiempo y en el espacio.

Es más fácil darse cuenta de un problema cuando surge de improviso y nos afecta grandemente. Un sismo, por ejemplo, con las consecuencias para la población, la infraestructura, los bienes patrimoniales.

Complicado es cuando sucede como aquella paradoja de la rana y el agua hirviendo; cómo nos vamos adaptando y aceptando situaciones que son perjudiciales para todas y todos. Es, de alguna manera, normalizar.

No hace mucho, en este rincón del Pacífico mexicano, escuchar una ambulancia, patrulla, era motivo de zozobra, inquietud. Ese símbolo de una problemática: accidente, acción violenta, algún hecho delictivo, hoy en día es un sonido normalizado en los ruidos de ciudades y pueblos. Forma parte del sonido ambiental, con lo que ello significa.

A pesar de ello, en el fuero interno exteriorizado, no se considera normal. La sensación de inseguridad, a nivel nacional y en amplios espacios focalizados en el país, está latente. El 74.6% de la población dijo sentirse insegura en su entidad de residencia (ENVIPE, 2023).

El INEGI tiene una medición de esta cuestión de la victimización y la percepción de la inseguridad, desde hace más de una década. Esta encuesta, anual, permite darle un seguimiento en los últimos años a estas variables. Abona, por supuesto al conocimiento de este fenómeno que denota afectaciones en todos los espacios de relación.

Por ejemplo, un dato que siempre ha llamado la atención es la gran cantidad de delitos que no son denunciados ante la autoridad; la ENVIPE señala que está representó el 92.4% del total de delitos, cifra negra se le dice.

La encuesta en abundante en detalles: prevalencia delictiva, cambios de hábitos con motivo de la inseguridad -vivida o percibida-, atestiguamiento de delitos, montos invertidos para tratar de proteger su hogar (1.08% del PIB), víctimas por sexo. Mucha información para el análisis, pero, sobre todo, para la toma de decisiones que atiendan este flagelo cada vez más extendido.

No minimizar, no negar, no limitarse a comentar que hay disminución. Sí al derecho a vivir en paz, sí a espacios seguros para todas y todos.

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