Socializando Datos


Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Tenemos la idea de un mundo mejor. Soñamos con él, de acuerdo a nuestras particulares necesidades, evocamos, construimos. “Soñar despierto” le dicen.

Cuando ese “construir un mundo mejor” se despoja -en cuanto esto es posible- de las necesidades particulares y piensa en el colectivo, utopía le nombran.

Un libro célebre a este respecto, es el que escribió Tomás Moro en 1516 y cuyo título, traducido al español -lo escribió en latín- es: Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía. Como Utopía ha trascendido y así se conoce.

En esta línea, como una utopía, escuché, recientemente, y ahora les comparto la canción de Luis Eduardo Auté: rosas en el mar.

La canción se estructura en cuatro secciones. La primera de ellas, evoca al amor, pero uno que no termine, que se comparte. La segunda apela al intelecto, a una razón que entienda lo que racionalmente cuesta: mentira, verdad, la primera como obsesión, la segunda como falacia.

La tercera la refiere a la libertad, como derecho humano; pero negado, como muchos otros derechos. La cuarta, como una decepción de una búsqueda infructuosa, apela a un lugar alejado, para olvidar; y, ahí, en la soledad, encontrar la paz.

Amor, razón, libertad y espacio, son negados por la terca realidad, la cual relaciona con el absurdo –y a la vez posible- de encontrar “rosas en el mar”.

Como seres humanos buscamos el amor, el que libera, no el que esclaviza; el que da y se comparte sin coartar ninguna de las existencias de quienes a él se entregan y en él se recrean.

La razón que humaniza, no la que impulsa a menospreciar al otro, sino el que la utiliza para compartir en el juego donde todos ganamos. Somos seres libres, se dice, se pregona, más como añoranza que como realidad; sin embargo, esta libertad es un derecho, al que se debe aspirar, que se debe buscar.

La resignación del lugar, el final en soledad, pero en paz, es esa lucha permanente entre la búsqueda de un mundo mejor y el desánimo. Entre lo mejor que tenemos y lo peor que obtenemos.

Esta realidad violenta (33,287 homicidios -INEGI, 2022-), extremadamente desigual (46.8 millones de pobres (CONEVAL, 2022), insensible, corrupta, entre otros factores, no es como la queremos, no es lo que nos gusta, no es así como queremos vivir.

También hay muchos espacios de van estableciendo su vida en el amor, en la razón, en la libertad. Pero no es un lugar en específico, al cual llegar -como la isla de Utopía-, sino que es un continuo constructo. Es seguir buscando las rosas en el mar.

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Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Tenemos la idea de un mundo mejor. Soñamos con él, de acuerdo a nuestras particulares necesidades, evocamos, construimos. “Soñar despierto” le dicen.

Cuando ese “construir un mundo mejor” se despoja -en cuanto esto es posible- de las necesidades particulares y piensa en el colectivo, utopía le nombran.

Un libro célebre a este respecto, es el que escribió Tomás Moro en 1516 y cuyo título, traducido al español -lo escribió en latín- es: Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía. Como Utopía ha trascendido y así se conoce.

En esta línea, como una utopía, escuché, recientemente, y ahora les comparto la canción de Luis Eduardo Auté: rosas en el mar.

La canción se estructura en cuatro secciones. La primera de ellas, evoca al amor, pero uno que no termine, que se comparte. La segunda apela al intelecto, a una razón que entienda lo que racionalmente cuesta: mentira, verdad, la primera como obsesión, la segunda como falacia.

La tercera la refiere a la libertad, como derecho humano; pero negado, como muchos otros derechos. La cuarta, como una decepción de una búsqueda infructuosa, apela a un lugar alejado, para olvidar; y, ahí, en la soledad, encontrar la paz.

Amor, razón, libertad y espacio, son negados por la terca realidad, la cual relaciona con el absurdo –y a la vez posible- de encontrar “rosas en el mar”.

Como seres humanos buscamos el amor, el que libera, no el que esclaviza; el que da y se comparte sin coartar ninguna de las existencias de quienes a él se entregan y en él se recrean.

La razón que humaniza, no la que impulsa a menospreciar al otro, sino el que la utiliza para compartir en el juego donde todos ganamos. Somos seres libres, se dice, se pregona, más como añoranza que como realidad; sin embargo, esta libertad es un derecho, al que se debe aspirar, que se debe buscar.

La resignación del lugar, el final en soledad, pero en paz, es esa lucha permanente entre la búsqueda de un mundo mejor y el desánimo. Entre lo mejor que tenemos y lo peor que obtenemos.

Esta realidad violenta (33,287 homicidios -INEGI, 2022-), extremadamente desigual (46.8 millones de pobres (CONEVAL, 2022), insensible, corrupta, entre otros factores, no es como la queremos, no es lo que nos gusta, no es así como queremos vivir.

También hay muchos espacios de van estableciendo su vida en el amor, en la razón, en la libertad. Pero no es un lugar en específico, al cual llegar -como la isla de Utopía-, sino que es un continuo constructo. Es seguir buscando las rosas en el mar.

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Rosas en el mar

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19 de Marzo del 2024

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Balvanero Balderrama García

balvanero@gmail.com / @Balvanero.B

Tenemos la idea de un mundo mejor. Soñamos con él, de acuerdo a nuestras particulares necesidades, evocamos, construimos. “Soñar despierto” le dicen.

Cuando ese “construir un mundo mejor” se despoja -en cuanto esto es posible- de las necesidades particulares y piensa en el colectivo, utopía le nombran.

Un libro célebre a este respecto, es el que escribió Tomás Moro en 1516 y cuyo título, traducido al español -lo escribió en latín- es: Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía. Como Utopía ha trascendido y así se conoce.

En esta línea, como una utopía, escuché, recientemente, y ahora les comparto la canción de Luis Eduardo Auté: rosas en el mar.

La canción se estructura en cuatro secciones. La primera de ellas, evoca al amor, pero uno que no termine, que se comparte. La segunda apela al intelecto, a una razón que entienda lo que racionalmente cuesta: mentira, verdad, la primera como obsesión, la segunda como falacia.

La tercera la refiere a la libertad, como derecho humano; pero negado, como muchos otros derechos. La cuarta, como una decepción de una búsqueda infructuosa, apela a un lugar alejado, para olvidar; y, ahí, en la soledad, encontrar la paz.

Amor, razón, libertad y espacio, son negados por la terca realidad, la cual relaciona con el absurdo –y a la vez posible- de encontrar “rosas en el mar”.

Como seres humanos buscamos el amor, el que libera, no el que esclaviza; el que da y se comparte sin coartar ninguna de las existencias de quienes a él se entregan y en él se recrean.

La razón que humaniza, no la que impulsa a menospreciar al otro, sino el que la utiliza para compartir en el juego donde todos ganamos. Somos seres libres, se dice, se pregona, más como añoranza que como realidad; sin embargo, esta libertad es un derecho, al que se debe aspirar, que se debe buscar.

La resignación del lugar, el final en soledad, pero en paz, es esa lucha permanente entre la búsqueda de un mundo mejor y el desánimo. Entre lo mejor que tenemos y lo peor que obtenemos.

Esta realidad violenta (33,287 homicidios -INEGI, 2022-), extremadamente desigual (46.8 millones de pobres (CONEVAL, 2022), insensible, corrupta, entre otros factores, no es como la queremos, no es lo que nos gusta, no es así como queremos vivir.

También hay muchos espacios de van estableciendo su vida en el amor, en la razón, en la libertad. Pero no es un lugar en específico, al cual llegar -como la isla de Utopía-, sino que es un continuo constructo. Es seguir buscando las rosas en el mar.

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