La generación actual enfrenta
un mercado inmobiliario fuera de control. Comprar un terreno o una casa se ha
convertido en un privilegio. Según cifras del INEGI, el promedio de edad para
adquirir una vivienda en México ya rebasa los 35 años, mientras que en países
como Canadá o España, aún con sus propias crisis, este promedio se ubica
alrededor de los 28 a 30 años. El motivo es claro: los ingresos de los jóvenes
en México son insuficientes para enfrentar el alza constante de los precios de
la tierra.
Las prácticas del capital han
impuesto condiciones desiguales en las principales ciudades del país.
Constructoras, desarrolladores y autoridades locales operan bajo una lógica
especulativa que dispara el precio del suelo urbano y expulsa a miles de
familias a la renta de departamentos o casas cada vez más impagables. En esa
dinámica, las y los jóvenes quedan atrapados entre la renta (cada vez más cara,
hago énfasis) y la imposibilidad de financiar un patrimonio propio.
El pensamiento estructurado
anteriormente de “estudia para que tengas tu propia casa” ha quedado
deteriorado. Ya no sirve de nada trabajar “de sol a sol” o tan siquiera la
desfachatez de confirmar que “el pobre es pobre porque quiere” La realidad
sobre la desigualdad inmobiliaria está presente; la tenemos a un lado de nosotros,
respirándonos en la nuca.
La vivienda, que debería ser
un derecho constitucional garantizado por el Estado, se ha convertido en una
mercancía inaccesible. La Encuesta Nacional de Juventud señala que más del 60%
de los jóvenes considera que nunca podrá comprar una casa, mientras que cerca
del 70% vive con sus padres más allá de los 25 años. Esto no solo impacta en la
economía familiar, sino en el desarrollo social: se pospone la independencia,
se retrasan proyectos de vida y se amplía la brecha generacional en torno al
patrimonio.
El Gobierno Federal ha
anunciado en distintas ocasiones programas para atender el problema. La idea de
generar bancos de suelo y proyectos habitacionales de bajo costo ha estado
sobre la mesa; sin embargo, hasta ahora los resultados son limitados. Buena
parte de estos planes quedan atrapados en trámites burocráticos, presupuestos
insuficientes o diseños que no consideran la realidad de las juventudes,
quienes no pueden esperar décadas, (sí, décadas) para aspirar a una casa propia.
En Colima, la experiencia
muestra que hay alternativas. Desde hace años, el Partido del Trabajo impulsa
el programa Solicitantes de Vivienda
Tierra y Libertad (SOLVITYL), que permite a grupos organizados adquirir
terrenos amplios, fraccionarlos y gestionar su municipalización. No es un
proyecto improvisado: ha beneficiado a cientos de familias y ha consolidado
colonias completas con servicios básicos y certeza legal.
Con sus estatutos de
organizar al pueblo a través de sus Organismos de Base, hoy buscan abrir una
nueva etapa de este programa, dirigida específicamente a las y los jóvenes. La
propuesta responde a una de las principales demandas de esta generación:
acceder a un patrimonio sin depender de la especulación inmobiliaria. No se ve
que sea una estrategia electoral, se trata de una línea que el partido ha
mantenido como parte de sus principios fundacionales: acompañar las causas
populares y garantizar que la vivienda no sea un lujo, sino un derecho.
ACLARO: esto no significa
desconocer los esfuerzos del Gobierno Federal, pero sí subrayar que hay
diferencias sustantivas. Y en este caso, los hechos hablan más que las
palabras: SOLVITYL ha beneficiado a más familias, ha consolidado colonias
completas y hoy abre la puerta para que miles de aspirantes juveniles puedan
ver posible el sueño de un hogar propio.
La política mexicana está
plagada de programas que nacen en campaña y mueren después de la elección. Son
proyectos pensados para atraer votos, no para resolver problemas estructurales.
El valor de iniciativas como la del PT radica en que no buscan ser un “gancho
electoral”, sino una estrategia duradera que transforma realidades.
El desafío de la vivienda no
se resolverá de un día para otro. Pero sí es posible construir caminos más
justos, donde el acceso al suelo y a una casa propia no sea privilegio de unos
cuantos. La juventud mexicana merece un horizonte distinto, uno donde el
esfuerzo y la organización puedan vencer a la especulación y al negocio de unos
pocos.
Colima puede convertirse en
un referente nacional si este programa logra consolidarse en esta etapa. Si a
estos esfuerzos se sumaran de manera corresponsable los municipios y gobiernos
en turno con el PT, sería la muestra de que cuando la política se entiende como
servicio y no como botín, es posible devolver la esperanza y, sobre todo,
garantizar que todas y todos tengan no solo un presente digno, sino también un
futuro con cimientos firmes.
La generación actual enfrenta
un mercado inmobiliario fuera de control. Comprar un terreno o una casa se ha
convertido en un privilegio. Según cifras del INEGI, el promedio de edad para
adquirir una vivienda en México ya rebasa los 35 años, mientras que en países
como Canadá o España, aún con sus propias crisis, este promedio se ubica
alrededor de los 28 a 30 años. El motivo es claro: los ingresos de los jóvenes
en México son insuficientes para enfrentar el alza constante de los precios de
la tierra.
Las prácticas del capital han
impuesto condiciones desiguales en las principales ciudades del país.
Constructoras, desarrolladores y autoridades locales operan bajo una lógica
especulativa que dispara el precio del suelo urbano y expulsa a miles de
familias a la renta de departamentos o casas cada vez más impagables. En esa
dinámica, las y los jóvenes quedan atrapados entre la renta (cada vez más cara,
hago énfasis) y la imposibilidad de financiar un patrimonio propio.
El pensamiento estructurado
anteriormente de “estudia para que tengas tu propia casa” ha quedado
deteriorado. Ya no sirve de nada trabajar “de sol a sol” o tan siquiera la
desfachatez de confirmar que “el pobre es pobre porque quiere” La realidad
sobre la desigualdad inmobiliaria está presente; la tenemos a un lado de nosotros,
respirándonos en la nuca.
La vivienda, que debería ser
un derecho constitucional garantizado por el Estado, se ha convertido en una
mercancía inaccesible. La Encuesta Nacional de Juventud señala que más del 60%
de los jóvenes considera que nunca podrá comprar una casa, mientras que cerca
del 70% vive con sus padres más allá de los 25 años. Esto no solo impacta en la
economía familiar, sino en el desarrollo social: se pospone la independencia,
se retrasan proyectos de vida y se amplía la brecha generacional en torno al
patrimonio.
El Gobierno Federal ha
anunciado en distintas ocasiones programas para atender el problema. La idea de
generar bancos de suelo y proyectos habitacionales de bajo costo ha estado
sobre la mesa; sin embargo, hasta ahora los resultados son limitados. Buena
parte de estos planes quedan atrapados en trámites burocráticos, presupuestos
insuficientes o diseños que no consideran la realidad de las juventudes,
quienes no pueden esperar décadas, (sí, décadas) para aspirar a una casa propia.
En Colima, la experiencia
muestra que hay alternativas. Desde hace años, el Partido del Trabajo impulsa
el programa Solicitantes de Vivienda
Tierra y Libertad (SOLVITYL), que permite a grupos organizados adquirir
terrenos amplios, fraccionarlos y gestionar su municipalización. No es un
proyecto improvisado: ha beneficiado a cientos de familias y ha consolidado
colonias completas con servicios básicos y certeza legal.
Con sus estatutos de
organizar al pueblo a través de sus Organismos de Base, hoy buscan abrir una
nueva etapa de este programa, dirigida específicamente a las y los jóvenes. La
propuesta responde a una de las principales demandas de esta generación:
acceder a un patrimonio sin depender de la especulación inmobiliaria. No se ve
que sea una estrategia electoral, se trata de una línea que el partido ha
mantenido como parte de sus principios fundacionales: acompañar las causas
populares y garantizar que la vivienda no sea un lujo, sino un derecho.
ACLARO: esto no significa
desconocer los esfuerzos del Gobierno Federal, pero sí subrayar que hay
diferencias sustantivas. Y en este caso, los hechos hablan más que las
palabras: SOLVITYL ha beneficiado a más familias, ha consolidado colonias
completas y hoy abre la puerta para que miles de aspirantes juveniles puedan
ver posible el sueño de un hogar propio.
La política mexicana está
plagada de programas que nacen en campaña y mueren después de la elección. Son
proyectos pensados para atraer votos, no para resolver problemas estructurales.
El valor de iniciativas como la del PT radica en que no buscan ser un “gancho
electoral”, sino una estrategia duradera que transforma realidades.
El desafío de la vivienda no
se resolverá de un día para otro. Pero sí es posible construir caminos más
justos, donde el acceso al suelo y a una casa propia no sea privilegio de unos
cuantos. La juventud mexicana merece un horizonte distinto, uno donde el
esfuerzo y la organización puedan vencer a la especulación y al negocio de unos
pocos.
Colima puede convertirse en
un referente nacional si este programa logra consolidarse en esta etapa. Si a
estos esfuerzos se sumaran de manera corresponsable los municipios y gobiernos
en turno con el PT, sería la muestra de que cuando la política se entiende como
servicio y no como botín, es posible devolver la esperanza y, sobre todo,
garantizar que todas y todos tengan no solo un presente digno, sino también un
futuro con cimientos firmes.
La esperanza de pisar suelo propio: SOLVITYL

21 de Agosto del 2025
Hablar de juventud en México
es hablar de un sector que enfrenta enormes dificultades para trazar un
proyecto de vida estable. Los retos no solo se reducen a conseguir un empleo
bien remunerado, sino a garantizar condiciones mínimas de desarrollo. Entre
esos desafíos destaca uno que se ha vuelto central: el acceso a una vivienda.
La generación actual enfrenta
un mercado inmobiliario fuera de control. Comprar un terreno o una casa se ha
convertido en un privilegio. Según cifras del INEGI, el promedio de edad para
adquirir una vivienda en México ya rebasa los 35 años, mientras que en países
como Canadá o España, aún con sus propias crisis, este promedio se ubica
alrededor de los 28 a 30 años. El motivo es claro: los ingresos de los jóvenes
en México son insuficientes para enfrentar el alza constante de los precios de
la tierra.
Las prácticas del capital han
impuesto condiciones desiguales en las principales ciudades del país.
Constructoras, desarrolladores y autoridades locales operan bajo una lógica
especulativa que dispara el precio del suelo urbano y expulsa a miles de
familias a la renta de departamentos o casas cada vez más impagables. En esa
dinámica, las y los jóvenes quedan atrapados entre la renta (cada vez más cara,
hago énfasis) y la imposibilidad de financiar un patrimonio propio.
El pensamiento estructurado
anteriormente de “estudia para que tengas tu propia casa” ha quedado
deteriorado. Ya no sirve de nada trabajar “de sol a sol” o tan siquiera la
desfachatez de confirmar que “el pobre es pobre porque quiere” La realidad
sobre la desigualdad inmobiliaria está presente; la tenemos a un lado de nosotros,
respirándonos en la nuca.
La vivienda, que debería ser
un derecho constitucional garantizado por el Estado, se ha convertido en una
mercancía inaccesible. La Encuesta Nacional de Juventud señala que más del 60%
de los jóvenes considera que nunca podrá comprar una casa, mientras que cerca
del 70% vive con sus padres más allá de los 25 años. Esto no solo impacta en la
economía familiar, sino en el desarrollo social: se pospone la independencia,
se retrasan proyectos de vida y se amplía la brecha generacional en torno al
patrimonio.
El Gobierno Federal ha
anunciado en distintas ocasiones programas para atender el problema. La idea de
generar bancos de suelo y proyectos habitacionales de bajo costo ha estado
sobre la mesa; sin embargo, hasta ahora los resultados son limitados. Buena
parte de estos planes quedan atrapados en trámites burocráticos, presupuestos
insuficientes o diseños que no consideran la realidad de las juventudes,
quienes no pueden esperar décadas, (sí, décadas) para aspirar a una casa propia.
En Colima, la experiencia
muestra que hay alternativas. Desde hace años, el Partido del Trabajo impulsa
el programa Solicitantes de Vivienda
Tierra y Libertad (SOLVITYL), que permite a grupos organizados adquirir
terrenos amplios, fraccionarlos y gestionar su municipalización. No es un
proyecto improvisado: ha beneficiado a cientos de familias y ha consolidado
colonias completas con servicios básicos y certeza legal.
Con sus estatutos de
organizar al pueblo a través de sus Organismos de Base, hoy buscan abrir una
nueva etapa de este programa, dirigida específicamente a las y los jóvenes. La
propuesta responde a una de las principales demandas de esta generación:
acceder a un patrimonio sin depender de la especulación inmobiliaria. No se ve
que sea una estrategia electoral, se trata de una línea que el partido ha
mantenido como parte de sus principios fundacionales: acompañar las causas
populares y garantizar que la vivienda no sea un lujo, sino un derecho.
ACLARO: esto no significa
desconocer los esfuerzos del Gobierno Federal, pero sí subrayar que hay
diferencias sustantivas. Y en este caso, los hechos hablan más que las
palabras: SOLVITYL ha beneficiado a más familias, ha consolidado colonias
completas y hoy abre la puerta para que miles de aspirantes juveniles puedan
ver posible el sueño de un hogar propio.
La política mexicana está
plagada de programas que nacen en campaña y mueren después de la elección. Son
proyectos pensados para atraer votos, no para resolver problemas estructurales.
El valor de iniciativas como la del PT radica en que no buscan ser un “gancho
electoral”, sino una estrategia duradera que transforma realidades.
El desafío de la vivienda no
se resolverá de un día para otro. Pero sí es posible construir caminos más
justos, donde el acceso al suelo y a una casa propia no sea privilegio de unos
cuantos. La juventud mexicana merece un horizonte distinto, uno donde el
esfuerzo y la organización puedan vencer a la especulación y al negocio de unos
pocos.
Colima puede convertirse en
un referente nacional si este programa logra consolidarse en esta etapa. Si a
estos esfuerzos se sumaran de manera corresponsable los municipios y gobiernos
en turno con el PT, sería la muestra de que cuando la política se entiende como
servicio y no como botín, es posible devolver la esperanza y, sobre todo,
garantizar que todas y todos tengan no solo un presente digno, sino también un
futuro con cimientos firmes.