Claudia Sheinbaum Pardo, (la
presidenta con A) llega al poder en un momento complejo, heredera de los
aciertos, errores y tensiones del obradorismo. Pero no se le percibe acorralada
por la campaña de desprestigio que orquesta la oposición. Al contrario: su
confianza nace de una certeza elemental. La retórica del PRI se ha vuelto tan
predecible que ya no hiere, sino que se consume a sí misma. No es casual que
Sheinbaum adelantara la posibilidad de una ruptura entre PAN y PRI: nadie
quiere cargar con un aliado cuya palabra ya no tiene valor performativo.
El derrumbe del PRI no sólo
es electoral, sino también semántico. Su mina de oro estaba en el poder
judicial: amparos que blindaban a políticas, políticos empresarias y
empresarios, sentencias hechas a la medida de la corrupción. El caso del buque
huachicolero lo evidencia: intentaron culpar al entorno de López Obrador, pero
pronto se reveló que más de cien empresas internacionales estaban involucradas
y que la verdadera red de protección estaba en los tribunales. La estrategia se
disolvió porque el lenguaje que la sostenía, (la acusación al adversario) no
podía ocultar los hechos. Como en la tragedia griega, lo que intentaron
disimular terminó exponiéndolos.
El gesto de Alejandro “Alito”
Moreno, al salir del país para pedir intervención extranjera, es mucho más que
un error táctico: es una confesión. En la tradición política mexicana, este
acto se nombra de manera clara: traición a la patria. Y no se trata de un
insulto, sino de una categoría política. Traicionar la patria no es sólo
entregar territorio o recursos, es romper el pacto simbólico de soberanía que
da legitimidad a un Estado. Alito, al suplicar apoyo externo, no sólo traiciona
a México; sino al propio lenguaje nacionalista que sostuvo al PRI durante
décadas.
Pero lo más revelador está en
la repetición mecánica de un guion internacional. En cada rincón donde la
derecha carece de propuestas, surge la misma letanía: “narco Estado”,
“dictadura comunista”, “ya somos Venezuela”. Aquí aparece la dimensión
filosófica del fenómeno: el lenguaje político pierde fuerza cuando se repite
sin contexto ni contenido. Lo que en el pasado generaba miedo, hoy provoca
risa, porque un signo sin referente se convierte en caricatura. Han pronunciado
por más de una década la amenaza de “Venezuela”, y al reiterarla sin
consecuencia, la palabra dejó de significar.
En esa ironía descansa el
efecto perverso: el PRI prestigia al gobierno que pretendía desprestigiar. En
su intento por señalar la ineficacia de la 4T, terminó por exhibir logros como
la refinería de Dos Bocas, recientemente reconocida en Alemania. Quisieron
apagar un proyecto, y lo iluminaron. Quisieron cuestionar la legitimidad del
gobierno, y lo reforzaron.
En mi tesis de licenciatura,
cité a Foucault donde sostenía que el poder no sólo se ejerce con
instituciones, sino con discursos que producen realidades. El PRI ya no produce
realidad alguna: su discurso es un eco vacío. Y, por definición, sólo repite lo
que otros ya han dicho. Por eso la oposición actual no es adversario, sino, me
atrevería a decirlo tajantemente: es el mejor aliado de la izquierda mexicana.
La coalición de Morena, PT y
PVE no requiere fabricar nada. Cada declaración de Alito es un recordatorio de
que el PRI se ha convertido en la parodia de lo que fue. Hobbes decía que el
poder se sostiene en el miedo o en la legitimidad: el PRI ya no genera miedo,
ni tiene legitimidad. Lo que queda es un cascarón de siglas sostenido por la
inercia de la historia.
El verdadero riesgo, sin
embargo, va más allá del partido. Una democracia sin oposición sólida es una
democracia incompleta. Cuando la crítica se degrada en repetición vacía, lo que
se erosiona no es el gobierno en turno, sino la calidad del debate público. La
traición más grave del PRI no es a la patria en sentido territorial, sino a la
democracia en sentido profundo: al negarle al país un adversario digno, reduce
la política a un monólogo.
Quizá la historia juzgue al
PRI con una ironía cruel: que después de haber concentrado el poder absoluto
durante décadas, terminó regalando a la izquierda un poder sin contrapesos; que
después de traicionar a la nación con saqueos y corrupción, terminó
traicionando a la democracia misma al volverse irrelevante. Ese será su
epitafio: no el de un partido derrotado por sus rivales, sino el de un partido
devorado por su propio líder con un lenguaje vacío.
"> La política mexicana siempre se ha movido entre paradojas, pero pocas resultan tan elocuentes como la que hoy encarna el PRI. El partido que monopolizó el poder durante gran parte del siglo XX, que se envolvió en los símbolos de la patria mientras la desangraba, pretende ahora erigirse en defensor de la democracia denunciando un supuesto “narco gobierno comunista”. La contradicción no es sólo política: es lingüística. Su discurso, despojado de toda novedad, revela el vacío que habita a una oposición que ya no produce ideas, sino únicamente ruido.
Claudia Sheinbaum Pardo, (la
presidenta con A) llega al poder en un momento complejo, heredera de los
aciertos, errores y tensiones del obradorismo. Pero no se le percibe acorralada
por la campaña de desprestigio que orquesta la oposición. Al contrario: su
confianza nace de una certeza elemental. La retórica del PRI se ha vuelto tan
predecible que ya no hiere, sino que se consume a sí misma. No es casual que
Sheinbaum adelantara la posibilidad de una ruptura entre PAN y PRI: nadie
quiere cargar con un aliado cuya palabra ya no tiene valor performativo.
El derrumbe del PRI no sólo
es electoral, sino también semántico. Su mina de oro estaba en el poder
judicial: amparos que blindaban a políticas, políticos empresarias y
empresarios, sentencias hechas a la medida de la corrupción. El caso del buque
huachicolero lo evidencia: intentaron culpar al entorno de López Obrador, pero
pronto se reveló que más de cien empresas internacionales estaban involucradas
y que la verdadera red de protección estaba en los tribunales. La estrategia se
disolvió porque el lenguaje que la sostenía, (la acusación al adversario) no
podía ocultar los hechos. Como en la tragedia griega, lo que intentaron
disimular terminó exponiéndolos.
El gesto de Alejandro “Alito”
Moreno, al salir del país para pedir intervención extranjera, es mucho más que
un error táctico: es una confesión. En la tradición política mexicana, este
acto se nombra de manera clara: traición a la patria. Y no se trata de un
insulto, sino de una categoría política. Traicionar la patria no es sólo
entregar territorio o recursos, es romper el pacto simbólico de soberanía que
da legitimidad a un Estado. Alito, al suplicar apoyo externo, no sólo traiciona
a México; sino al propio lenguaje nacionalista que sostuvo al PRI durante
décadas.
Pero lo más revelador está en
la repetición mecánica de un guion internacional. En cada rincón donde la
derecha carece de propuestas, surge la misma letanía: “narco Estado”,
“dictadura comunista”, “ya somos Venezuela”. Aquí aparece la dimensión
filosófica del fenómeno: el lenguaje político pierde fuerza cuando se repite
sin contexto ni contenido. Lo que en el pasado generaba miedo, hoy provoca
risa, porque un signo sin referente se convierte en caricatura. Han pronunciado
por más de una década la amenaza de “Venezuela”, y al reiterarla sin
consecuencia, la palabra dejó de significar.
En esa ironía descansa el
efecto perverso: el PRI prestigia al gobierno que pretendía desprestigiar. En
su intento por señalar la ineficacia de la 4T, terminó por exhibir logros como
la refinería de Dos Bocas, recientemente reconocida en Alemania. Quisieron
apagar un proyecto, y lo iluminaron. Quisieron cuestionar la legitimidad del
gobierno, y lo reforzaron.
En mi tesis de licenciatura,
cité a Foucault donde sostenía que el poder no sólo se ejerce con
instituciones, sino con discursos que producen realidades. El PRI ya no produce
realidad alguna: su discurso es un eco vacío. Y, por definición, sólo repite lo
que otros ya han dicho. Por eso la oposición actual no es adversario, sino, me
atrevería a decirlo tajantemente: es el mejor aliado de la izquierda mexicana.
La coalición de Morena, PT y
PVE no requiere fabricar nada. Cada declaración de Alito es un recordatorio de
que el PRI se ha convertido en la parodia de lo que fue. Hobbes decía que el
poder se sostiene en el miedo o en la legitimidad: el PRI ya no genera miedo,
ni tiene legitimidad. Lo que queda es un cascarón de siglas sostenido por la
inercia de la historia.
El verdadero riesgo, sin
embargo, va más allá del partido. Una democracia sin oposición sólida es una
democracia incompleta. Cuando la crítica se degrada en repetición vacía, lo que
se erosiona no es el gobierno en turno, sino la calidad del debate público. La
traición más grave del PRI no es a la patria en sentido territorial, sino a la
democracia en sentido profundo: al negarle al país un adversario digno, reduce
la política a un monólogo.
Quizá la historia juzgue al
PRI con una ironía cruel: que después de haber concentrado el poder absoluto
durante décadas, terminó regalando a la izquierda un poder sin contrapesos; que
después de traicionar a la nación con saqueos y corrupción, terminó
traicionando a la democracia misma al volverse irrelevante. Ese será su
epitafio: no el de un partido derrotado por sus rivales, sino el de un partido
devorado por su propio líder con un lenguaje vacío.
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La derecha y su regalo de la legitimidad

26 de Septiembre del 2025
La política mexicana siempre se ha movido entre paradojas, pero pocas resultan tan elocuentes como la que hoy encarna el PRI. El partido que monopolizó el poder durante gran parte del siglo XX, que se envolvió en los símbolos de la patria mientras la desangraba, pretende ahora erigirse en defensor de la democracia denunciando un supuesto “narco gobierno comunista”. La contradicción no es sólo política: es lingüística. Su discurso, despojado de toda novedad, revela el vacío que habita a una oposición que ya no produce ideas, sino únicamente ruido.
Claudia Sheinbaum Pardo, (la
presidenta con A) llega al poder en un momento complejo, heredera de los
aciertos, errores y tensiones del obradorismo. Pero no se le percibe acorralada
por la campaña de desprestigio que orquesta la oposición. Al contrario: su
confianza nace de una certeza elemental. La retórica del PRI se ha vuelto tan
predecible que ya no hiere, sino que se consume a sí misma. No es casual que
Sheinbaum adelantara la posibilidad de una ruptura entre PAN y PRI: nadie
quiere cargar con un aliado cuya palabra ya no tiene valor performativo.
El derrumbe del PRI no sólo
es electoral, sino también semántico. Su mina de oro estaba en el poder
judicial: amparos que blindaban a políticas, políticos empresarias y
empresarios, sentencias hechas a la medida de la corrupción. El caso del buque
huachicolero lo evidencia: intentaron culpar al entorno de López Obrador, pero
pronto se reveló que más de cien empresas internacionales estaban involucradas
y que la verdadera red de protección estaba en los tribunales. La estrategia se
disolvió porque el lenguaje que la sostenía, (la acusación al adversario) no
podía ocultar los hechos. Como en la tragedia griega, lo que intentaron
disimular terminó exponiéndolos.
El gesto de Alejandro “Alito”
Moreno, al salir del país para pedir intervención extranjera, es mucho más que
un error táctico: es una confesión. En la tradición política mexicana, este
acto se nombra de manera clara: traición a la patria. Y no se trata de un
insulto, sino de una categoría política. Traicionar la patria no es sólo
entregar territorio o recursos, es romper el pacto simbólico de soberanía que
da legitimidad a un Estado. Alito, al suplicar apoyo externo, no sólo traiciona
a México; sino al propio lenguaje nacionalista que sostuvo al PRI durante
décadas.
Pero lo más revelador está en
la repetición mecánica de un guion internacional. En cada rincón donde la
derecha carece de propuestas, surge la misma letanía: “narco Estado”,
“dictadura comunista”, “ya somos Venezuela”. Aquí aparece la dimensión
filosófica del fenómeno: el lenguaje político pierde fuerza cuando se repite
sin contexto ni contenido. Lo que en el pasado generaba miedo, hoy provoca
risa, porque un signo sin referente se convierte en caricatura. Han pronunciado
por más de una década la amenaza de “Venezuela”, y al reiterarla sin
consecuencia, la palabra dejó de significar.
En esa ironía descansa el
efecto perverso: el PRI prestigia al gobierno que pretendía desprestigiar. En
su intento por señalar la ineficacia de la 4T, terminó por exhibir logros como
la refinería de Dos Bocas, recientemente reconocida en Alemania. Quisieron
apagar un proyecto, y lo iluminaron. Quisieron cuestionar la legitimidad del
gobierno, y lo reforzaron.
En mi tesis de licenciatura,
cité a Foucault donde sostenía que el poder no sólo se ejerce con
instituciones, sino con discursos que producen realidades. El PRI ya no produce
realidad alguna: su discurso es un eco vacío. Y, por definición, sólo repite lo
que otros ya han dicho. Por eso la oposición actual no es adversario, sino, me
atrevería a decirlo tajantemente: es el mejor aliado de la izquierda mexicana.
La coalición de Morena, PT y
PVE no requiere fabricar nada. Cada declaración de Alito es un recordatorio de
que el PRI se ha convertido en la parodia de lo que fue. Hobbes decía que el
poder se sostiene en el miedo o en la legitimidad: el PRI ya no genera miedo,
ni tiene legitimidad. Lo que queda es un cascarón de siglas sostenido por la
inercia de la historia.
El verdadero riesgo, sin
embargo, va más allá del partido. Una democracia sin oposición sólida es una
democracia incompleta. Cuando la crítica se degrada en repetición vacía, lo que
se erosiona no es el gobierno en turno, sino la calidad del debate público. La
traición más grave del PRI no es a la patria en sentido territorial, sino a la
democracia en sentido profundo: al negarle al país un adversario digno, reduce
la política a un monólogo.
Quizá la historia juzgue al
PRI con una ironía cruel: que después de haber concentrado el poder absoluto
durante décadas, terminó regalando a la izquierda un poder sin contrapesos; que
después de traicionar a la nación con saqueos y corrupción, terminó
traicionando a la democracia misma al volverse irrelevante. Ese será su
epitafio: no el de un partido derrotado por sus rivales, sino el de un partido
devorado por su propio líder con un lenguaje vacío.