Hay acontecimientos que, más allá de
su carga trágica, se vuelven espejos del poder. Lo ocurrido en Veracruz no solo
evidenció la vulnerabilidad ante la naturaleza, sino también la fragilidad de
la narrativa política que intenta sostener una imagen de control absoluto. El
desastre natural se convirtió en uno simbólico: el encuentro entre la
expectativa del aplauso y la realidad del reclamo.
Desde la filosofía del
lenguaje, diríamos que lo ocurrido no fue solo un acto físico, (la visita de la
presidenta a una zona devastada) sino un acto de habla fallido. Las palabras,
los gestos y las omisiones construyen la realidad. Y en Veracruz, el lenguaje
oficial se desmoronó ante el lenguaje del dolor ciudadano. Lo que debía ser un
acto performativo de autoridad y empatía, terminó siendo un silencioso
reconocimiento del divorcio entre el poder y la sociedad.
En este episodio resuena la ley de Murphy, (sí, de la película
Interstellar) esa premisa que enuncia: “Si
algo puede pasar, pasará.” Cuando se eliminó el Fondo de Desastres
Naturales, (FONDEN), se afirmó que el Gobierno Federal tenía la capacidad para
atender cualquier emergencia con recursos propios, sin la burocracia ni la
corrupción del pasado. Era la promesa de una nueva moralidad institucional.
Pero la ley de Murphy es implacable: no advierte sobre la catástrofe, sólo
constata su posibilidad inevitable. Lo que podía salir mal, salió mal. Y con
ello, se reveló no sólo la carencia de mecanismos de respuesta, sino la
ausencia de humildad ante la incertidumbre.
En el sexenio anterior, el
propio López Obrador enfrentó un espejo semejante tras el desastre de Acapulco.
En aquella ocasión, se habló de la necesidad no solo de una autoridad, sino de
una autoridad moral. Se desmontó al FONDEN por considerarlo un símbolo de
corrupción, una caja negra de intereses y privilegios. Nadie niega que lo era.
Pero entre la corrupción y la previsión, la política eligió la pureza moral
sobre la eficacia práctica. Hoy, Sheinbaum hereda ese dilema: un país sin
fondos de emergencia, pero con un discurso que insiste en que todo está bajo
control.
Y aquí emerge la segunda
teoría: la del Décimo Hombre. En una
organización, si nueve personas están de acuerdo con una decisión, la décima
debe oponerse, aunque no lo desee. Su función no es negar, sino cuestionar. Es
el principio de la duda institucional, el antídoto contra la unanimidad.
Aplicado al contexto mexicano, si nueve voces aplauden la eliminación del
FONDEN, la décima debió preguntar: ¿qué
pasará cuando llegue el próximo desastre? Pero el sistema político actual,
como los anteriores, desconfía del disenso. La crítica es vista como traición;
la pregunta, como amenaza.
En la filosofía hegeliana,
toda realidad es un movimiento dialéctico: tesis,
antítesis y síntesis. La tesis fue el viejo FONDEN: corrupto, pero
funcional. La antítesis, su eliminación en nombre de la transparencia y la
austeridad. Y la síntesis, idealmente, debería ser un nuevo modelo de atención
eficiente y moralmente intachable. Pero esa síntesis no llegó. El ciclo
dialéctico quedó interrumpido, y la historia, como advertía Marx, se repite no
como tragedia, sino como farsa administrativa.
El problema no es solo la
ausencia de recursos, sino la ausencia de autocrítica
estructural. El poder ha sustituido la deliberación por el aplauso. Quien
cuestiona, estorba; quien duda, incomoda; quien exige, pertenece a la
oposición, (según el discurso dominante) Esa lógica anula el pensamiento
complejo y reduce el lenguaje político a un monólogo que se retroalimenta. El
gobierno escucha únicamente su propio eco.
En Veracruz, el eco se
rompió. La presidenta esperó recibir gratitud; encontró reclamos. Esperó
vítores; encontró llanto. Esperó a las y los aplaudidores de siempre, y se topó
con la realidad que no se deja aplaudir. Su decisión de marcharse no fue solo
un gesto físico, sino un acto discursivo: la negación del diálogo. Retirarse de
la escena fue abandonar la oportunidad de escuchar. Y en política, como en la
filosofía, el silencio no siempre significa prudencia; a veces significa
renuncia.
La tragedia natural exhibió
también una tragedia lingüística: un gobierno que habla de pueblo, pero teme al
pueblo que habla. Los actos de comunicación se volvieron rituales vacíos, donde
el enunciador ya no busca informar ni consolar, sino mantener su propio relato
intacto. Y cuando el relato se impone sobre la realidad, la empatía muere en la
gramática del poder.
México atraviesa, de nuevo,
la paradoja de su historia: la necesidad de creer en un proyecto político que,
en su afán de pureza, olvida la imperfección humana. Tal vez lo que le falta al
gobierno actual no es eficiencia técnica, sino el décimo hombre: esa voz disidente que previene el error, que
advierte los límites del entusiasmo, que rescata la autocrítica antes del
colapso.
Porque gobernar sin escuchar
es como eliminar el FONDEN del pensamiento: una apuesta por la improvisación,
un salto sin red. Y la ley de Murphy, como el tiempo y la memoria, nunca
perdona.
Hay acontecimientos que, más allá de
su carga trágica, se vuelven espejos del poder. Lo ocurrido en Veracruz no solo
evidenció la vulnerabilidad ante la naturaleza, sino también la fragilidad de
la narrativa política que intenta sostener una imagen de control absoluto. El
desastre natural se convirtió en uno simbólico: el encuentro entre la
expectativa del aplauso y la realidad del reclamo.
Desde la filosofía del
lenguaje, diríamos que lo ocurrido no fue solo un acto físico, (la visita de la
presidenta a una zona devastada) sino un acto de habla fallido. Las palabras,
los gestos y las omisiones construyen la realidad. Y en Veracruz, el lenguaje
oficial se desmoronó ante el lenguaje del dolor ciudadano. Lo que debía ser un
acto performativo de autoridad y empatía, terminó siendo un silencioso
reconocimiento del divorcio entre el poder y la sociedad.
En este episodio resuena la ley de Murphy, (sí, de la película
Interstellar) esa premisa que enuncia: “Si
algo puede pasar, pasará.” Cuando se eliminó el Fondo de Desastres
Naturales, (FONDEN), se afirmó que el Gobierno Federal tenía la capacidad para
atender cualquier emergencia con recursos propios, sin la burocracia ni la
corrupción del pasado. Era la promesa de una nueva moralidad institucional.
Pero la ley de Murphy es implacable: no advierte sobre la catástrofe, sólo
constata su posibilidad inevitable. Lo que podía salir mal, salió mal. Y con
ello, se reveló no sólo la carencia de mecanismos de respuesta, sino la
ausencia de humildad ante la incertidumbre.
En el sexenio anterior, el
propio López Obrador enfrentó un espejo semejante tras el desastre de Acapulco.
En aquella ocasión, se habló de la necesidad no solo de una autoridad, sino de
una autoridad moral. Se desmontó al FONDEN por considerarlo un símbolo de
corrupción, una caja negra de intereses y privilegios. Nadie niega que lo era.
Pero entre la corrupción y la previsión, la política eligió la pureza moral
sobre la eficacia práctica. Hoy, Sheinbaum hereda ese dilema: un país sin
fondos de emergencia, pero con un discurso que insiste en que todo está bajo
control.
Y aquí emerge la segunda
teoría: la del Décimo Hombre. En una
organización, si nueve personas están de acuerdo con una decisión, la décima
debe oponerse, aunque no lo desee. Su función no es negar, sino cuestionar. Es
el principio de la duda institucional, el antídoto contra la unanimidad.
Aplicado al contexto mexicano, si nueve voces aplauden la eliminación del
FONDEN, la décima debió preguntar: ¿qué
pasará cuando llegue el próximo desastre? Pero el sistema político actual,
como los anteriores, desconfía del disenso. La crítica es vista como traición;
la pregunta, como amenaza.
En la filosofía hegeliana,
toda realidad es un movimiento dialéctico: tesis,
antítesis y síntesis. La tesis fue el viejo FONDEN: corrupto, pero
funcional. La antítesis, su eliminación en nombre de la transparencia y la
austeridad. Y la síntesis, idealmente, debería ser un nuevo modelo de atención
eficiente y moralmente intachable. Pero esa síntesis no llegó. El ciclo
dialéctico quedó interrumpido, y la historia, como advertía Marx, se repite no
como tragedia, sino como farsa administrativa.
El problema no es solo la
ausencia de recursos, sino la ausencia de autocrítica
estructural. El poder ha sustituido la deliberación por el aplauso. Quien
cuestiona, estorba; quien duda, incomoda; quien exige, pertenece a la
oposición, (según el discurso dominante) Esa lógica anula el pensamiento
complejo y reduce el lenguaje político a un monólogo que se retroalimenta. El
gobierno escucha únicamente su propio eco.
En Veracruz, el eco se
rompió. La presidenta esperó recibir gratitud; encontró reclamos. Esperó
vítores; encontró llanto. Esperó a las y los aplaudidores de siempre, y se topó
con la realidad que no se deja aplaudir. Su decisión de marcharse no fue solo
un gesto físico, sino un acto discursivo: la negación del diálogo. Retirarse de
la escena fue abandonar la oportunidad de escuchar. Y en política, como en la
filosofía, el silencio no siempre significa prudencia; a veces significa
renuncia.
La tragedia natural exhibió
también una tragedia lingüística: un gobierno que habla de pueblo, pero teme al
pueblo que habla. Los actos de comunicación se volvieron rituales vacíos, donde
el enunciador ya no busca informar ni consolar, sino mantener su propio relato
intacto. Y cuando el relato se impone sobre la realidad, la empatía muere en la
gramática del poder.
México atraviesa, de nuevo,
la paradoja de su historia: la necesidad de creer en un proyecto político que,
en su afán de pureza, olvida la imperfección humana. Tal vez lo que le falta al
gobierno actual no es eficiencia técnica, sino el décimo hombre: esa voz disidente que previene el error, que
advierte los límites del entusiasmo, que rescata la autocrítica antes del
colapso.
Porque gobernar sin escuchar
es como eliminar el FONDEN del pensamiento: una apuesta por la improvisación,
un salto sin red. Y la ley de Murphy, como el tiempo y la memoria, nunca
perdona.
La ley de Murphy en Palacio Nacional

20 de Octubre del 2025
Hay acontecimientos que, más allá de
su carga trágica, se vuelven espejos del poder. Lo ocurrido en Veracruz no solo
evidenció la vulnerabilidad ante la naturaleza, sino también la fragilidad de
la narrativa política que intenta sostener una imagen de control absoluto. El
desastre natural se convirtió en uno simbólico: el encuentro entre la
expectativa del aplauso y la realidad del reclamo.
Desde la filosofía del
lenguaje, diríamos que lo ocurrido no fue solo un acto físico, (la visita de la
presidenta a una zona devastada) sino un acto de habla fallido. Las palabras,
los gestos y las omisiones construyen la realidad. Y en Veracruz, el lenguaje
oficial se desmoronó ante el lenguaje del dolor ciudadano. Lo que debía ser un
acto performativo de autoridad y empatía, terminó siendo un silencioso
reconocimiento del divorcio entre el poder y la sociedad.
En este episodio resuena la ley de Murphy, (sí, de la película
Interstellar) esa premisa que enuncia: “Si
algo puede pasar, pasará.” Cuando se eliminó el Fondo de Desastres
Naturales, (FONDEN), se afirmó que el Gobierno Federal tenía la capacidad para
atender cualquier emergencia con recursos propios, sin la burocracia ni la
corrupción del pasado. Era la promesa de una nueva moralidad institucional.
Pero la ley de Murphy es implacable: no advierte sobre la catástrofe, sólo
constata su posibilidad inevitable. Lo que podía salir mal, salió mal. Y con
ello, se reveló no sólo la carencia de mecanismos de respuesta, sino la
ausencia de humildad ante la incertidumbre.
En el sexenio anterior, el
propio López Obrador enfrentó un espejo semejante tras el desastre de Acapulco.
En aquella ocasión, se habló de la necesidad no solo de una autoridad, sino de
una autoridad moral. Se desmontó al FONDEN por considerarlo un símbolo de
corrupción, una caja negra de intereses y privilegios. Nadie niega que lo era.
Pero entre la corrupción y la previsión, la política eligió la pureza moral
sobre la eficacia práctica. Hoy, Sheinbaum hereda ese dilema: un país sin
fondos de emergencia, pero con un discurso que insiste en que todo está bajo
control.
Y aquí emerge la segunda
teoría: la del Décimo Hombre. En una
organización, si nueve personas están de acuerdo con una decisión, la décima
debe oponerse, aunque no lo desee. Su función no es negar, sino cuestionar. Es
el principio de la duda institucional, el antídoto contra la unanimidad.
Aplicado al contexto mexicano, si nueve voces aplauden la eliminación del
FONDEN, la décima debió preguntar: ¿qué
pasará cuando llegue el próximo desastre? Pero el sistema político actual,
como los anteriores, desconfía del disenso. La crítica es vista como traición;
la pregunta, como amenaza.
En la filosofía hegeliana,
toda realidad es un movimiento dialéctico: tesis,
antítesis y síntesis. La tesis fue el viejo FONDEN: corrupto, pero
funcional. La antítesis, su eliminación en nombre de la transparencia y la
austeridad. Y la síntesis, idealmente, debería ser un nuevo modelo de atención
eficiente y moralmente intachable. Pero esa síntesis no llegó. El ciclo
dialéctico quedó interrumpido, y la historia, como advertía Marx, se repite no
como tragedia, sino como farsa administrativa.
El problema no es solo la
ausencia de recursos, sino la ausencia de autocrítica
estructural. El poder ha sustituido la deliberación por el aplauso. Quien
cuestiona, estorba; quien duda, incomoda; quien exige, pertenece a la
oposición, (según el discurso dominante) Esa lógica anula el pensamiento
complejo y reduce el lenguaje político a un monólogo que se retroalimenta. El
gobierno escucha únicamente su propio eco.
En Veracruz, el eco se
rompió. La presidenta esperó recibir gratitud; encontró reclamos. Esperó
vítores; encontró llanto. Esperó a las y los aplaudidores de siempre, y se topó
con la realidad que no se deja aplaudir. Su decisión de marcharse no fue solo
un gesto físico, sino un acto discursivo: la negación del diálogo. Retirarse de
la escena fue abandonar la oportunidad de escuchar. Y en política, como en la
filosofía, el silencio no siempre significa prudencia; a veces significa
renuncia.
La tragedia natural exhibió
también una tragedia lingüística: un gobierno que habla de pueblo, pero teme al
pueblo que habla. Los actos de comunicación se volvieron rituales vacíos, donde
el enunciador ya no busca informar ni consolar, sino mantener su propio relato
intacto. Y cuando el relato se impone sobre la realidad, la empatía muere en la
gramática del poder.
México atraviesa, de nuevo,
la paradoja de su historia: la necesidad de creer en un proyecto político que,
en su afán de pureza, olvida la imperfección humana. Tal vez lo que le falta al
gobierno actual no es eficiencia técnica, sino el décimo hombre: esa voz disidente que previene el error, que
advierte los límites del entusiasmo, que rescata la autocrítica antes del
colapso.
Porque gobernar sin escuchar
es como eliminar el FONDEN del pensamiento: una apuesta por la improvisación,
un salto sin red. Y la ley de Murphy, como el tiempo y la memoria, nunca
perdona.