Por más lejano que suene, a veces
necesitamos mirar hacia las estrellas para entender lo que ocurre en nuestra
banqueta. Las y los que me conocen bien, saben que mi trauma literario es la
obra “Los gatos piensan en física cuántica y los perros en universos paralelos” cuyo autor es el divulgador científico
Jorge Blaschke. Gracias a este, me emocioné muchísimo con estos temas, por lo cual quiero explicarles uno relativamente. El astrofísico Nikolái Kardashov
diseñó una escala simple para imaginar el nivel de desarrollo de una
civilización: la capacidad de aprovechar la energía disponible en su entorno.
La civilización tipo I es aquella que logra usar, (sin destruir su planeta)
toda la energía disponible en su mundo. La tipo II aprovecha la energía de su
estrella; la tipo III, de su galaxia completa. (Ya ahora tiene 12 tipos, los
cuales les invito a leer)
A estas alturas del
calendario humano, con satélites, inteligencia artificial, ciudades
hipertecnificadas y un mercado financiero que se cree omnipotente, cualquiera
pensaría que ya rozamos el nivel I. Pero no. Ni siquiera somos una civilización
tipo 1. No llegamos ni al 0.8. Tenemos la técnica, pero no la madurez. Tenemos
energía, pero no el propósito. La escala, más que un sueño futurista, es un
recordatorio doloroso: nuestro verdadero problema no es tecnológico, sino
social.
Y aquí viene la pregunta que
a nadie le gusta hacerse, pero muchos gritan: ¿qué es el comunismo? No la
caricatura ni el enemigo imaginario estampado en mantas. ¿Qué es en realidad?
Pocas y pocos lo leen, muchas
y muchos lo odian. Se protesta contra él con vehemencia milenarista, pero la
mayoría no podría definirlo sin googlearlo. Si quisiéramos explicarlo rápido,
útil y sin dogmas: es la idea de que la sociedad es resultado del trabajo
colectivo, no del genio individual ni del “líder o lideresa iluminada”. Es el
recordatorio de que la clase trabajadora sostiene todo y que la organización
social no debería depender de jerarquías sacralizadas. Aunque, claro, si Marx
pudiera revivir, seguro me demandaría por simplificarlo así, (hasta me
privatizaría).
Con esa definición en la
mano, vale la pena mirar nuestra historia política más reciente. La gente sigue
buscando lideresas y líderes, pero no porque los ame, sino porque aspira al
menos peor. Está trazado en la memoria colectiva: no buscan un guía, quieren a
alguien que no los golpee tanto. (y eso es posiblemente por la religión, pero
ya hablaremos de ello en otra columna) Lo repito seguido: en todo gobierno no
todo está bien, ni todo está mal, igual que en nuestra vida personal. A veces
aceptamos golpes porque vienen “más suavecitos”.
Y con eso llego a lo
evidente: MORENA dejó de ser izquierda. Un gobierno que se dice defensor de la
clase trabajadora pero no puede, (o no quiere) aprobar una jornada laboral de
40 horas, no es un gobierno de las y los trabajadores. Es un gobierno que
administra el capital igual que los demás. Porque seamos claros: solo existen
dos partidos reales en México: los que defienden un bando del capital y los que
defienden al otro. Cambian los logos, pero no las lógicas. Ambos sirven
intereses económicos distintos, con estrategias distintas y sumisos distintos.
Ese es el error antropológico
más profundo: creemos que elegir entre bandos es elegir libertad. Igual que en
el fútbol, alguien apoya al América y otro a las Chivas. Si su equipo pierde, cambia
de playera. En política ocurre igual: se decepcionan de uno y migran al otro.
Pero el tablero es el mismo, solo cambian los colores del uniforme.
Por eso siempre insisto: la
única revolución viable es la de las conciencias, no la de los golpes. Y para
llegar a ese punto, antes debemos reconocer dónde estamos parados. Hoy, nuestro
ambiente social está atravesado por algo inédito: las redes sociales dejaron de
ser un termómetro político; ahora son un campo de batalla
económico–arancelario. Los medios ya ni siquiera informan: posicionan. No
discuten ideas, inyectan emociones en TikTok e Instagram. Cuando vi las
gráficas de inversión publicitaria política, entendí que la nueva disputa no es
por votos, sino por tu tiempo de atención.
Y si hablamos de estrategia,
tengo que hablar de mi área favorita: el discurso. Siempre lo digo: “la gente
no recuerda lo que dijiste, sino cómo la hiciste sentir” Quien domina los actos
de habla domina el poder, diría Austin. Quien controla la emoción, controla la
política, diría Foucault. Tómelo como dato: se habla muchísimo de los errores
del gobierno, pero casi nada de política mundial. Y cito al analista Alfredo
Jalife-Rahme (que pasó de ser promotor de la 4T a su hater más intenso): “Para
entender política nacional, debes entender política mundial.”
Y ahí está una de nuestras
tragedias discursivas: queremos soluciones sin entender el problema. Por eso
aplico una técnica personal, casi de supervivencia filosófica: el “21 por qué”.
Si tienes un problema, pregúntate: ¿por qué? Responde. Después vuelve a
preguntarte: ¿por qué? Y así, hasta llegar al número 21. En los primeros cinco
niveles solo rascas la superficie. Del sexto al décimo comienzas a incomodarte.
Después del quince empiezas a verte de frente. Y al llegar al veintiuno
encuentras algo parecido a la verdad.
Hace poco una amiga, que
lleva dos años en terapia psicológica, me contaba su desesperación por no
avanzar. Le sugerí este ejercicio. No para reemplazar la psicología, sino para
recordar que la filosofía sigue siendo la investigación de la esencia del ser.
Kardashov dijo lo mismo, pero
desde la astrofísica: una civilización que no sabe quién es, jamás sabrá hacia
dónde va. Y eso me lleva a una idea que a veces suena absurda, pero es
totalmente real: ¿cuál es nuestro objetivo como sociedad? Imaginemos por un
momento que llegamos a civilización tipo I y logramos aprovechar toda la
energía de nuestra estrella. Bajo nuestro sistema económico actual, puedo
asegurar que habría un dueño del Sol, con facturación mensual y tarifas
dinámicas, con la justificación de que hay aranceles por el uso solar. Recuerdo muy bien la película “No mires
arriba” esa joya cinematográfica que nos lanzó un espejo en plena cara: es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Si un día te levantas
sintiendo que no tienes rumbo, recuerda la escala de Kardashov. Eso es lo que
deberíamos estar intentando como especie, no como partidos. Preguntémonos: ¿qué
hemos hecho realmente para avanzar hacia ahí? ¿Realmente estamos avanzando o
nos detuvimos en el tiempo? La lección es clara: no sé si el comunismo sea la
respuesta. Tal vez sí, tal vez no. Pero lo que sí sé es que el capitalismo no
es la solución. No mientras tengamos la capacidad de destruirnos más rápido de
lo que evolucionamos.
Apostemos a una revolución de
conciencias, a cuestionarnos; a mirarnos de frente. A responder nuestros 21
porqués. Porque como dijo Marx: “Los filósofos, (y filósofas) solo han
interpretado el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. Y desde la astrofísica,
desde la política, desde la filosofía, vamos muy atrasadas y atrasados.
Por más lejano que suene, a veces
necesitamos mirar hacia las estrellas para entender lo que ocurre en nuestra
banqueta. Las y los que me conocen bien, saben que mi trauma literario es la
obra “Los gatos piensan en física cuántica y los perros en universos paralelos” cuyo autor es el divulgador científico
Jorge Blaschke. Gracias a este, me emocioné muchísimo con estos temas, por lo cual quiero explicarles uno relativamente. El astrofísico Nikolái Kardashov
diseñó una escala simple para imaginar el nivel de desarrollo de una
civilización: la capacidad de aprovechar la energía disponible en su entorno.
La civilización tipo I es aquella que logra usar, (sin destruir su planeta)
toda la energía disponible en su mundo. La tipo II aprovecha la energía de su
estrella; la tipo III, de su galaxia completa. (Ya ahora tiene 12 tipos, los
cuales les invito a leer)
A estas alturas del
calendario humano, con satélites, inteligencia artificial, ciudades
hipertecnificadas y un mercado financiero que se cree omnipotente, cualquiera
pensaría que ya rozamos el nivel I. Pero no. Ni siquiera somos una civilización
tipo 1. No llegamos ni al 0.8. Tenemos la técnica, pero no la madurez. Tenemos
energía, pero no el propósito. La escala, más que un sueño futurista, es un
recordatorio doloroso: nuestro verdadero problema no es tecnológico, sino
social.
Y aquí viene la pregunta que
a nadie le gusta hacerse, pero muchos gritan: ¿qué es el comunismo? No la
caricatura ni el enemigo imaginario estampado en mantas. ¿Qué es en realidad?
Pocas y pocos lo leen, muchas
y muchos lo odian. Se protesta contra él con vehemencia milenarista, pero la
mayoría no podría definirlo sin googlearlo. Si quisiéramos explicarlo rápido,
útil y sin dogmas: es la idea de que la sociedad es resultado del trabajo
colectivo, no del genio individual ni del “líder o lideresa iluminada”. Es el
recordatorio de que la clase trabajadora sostiene todo y que la organización
social no debería depender de jerarquías sacralizadas. Aunque, claro, si Marx
pudiera revivir, seguro me demandaría por simplificarlo así, (hasta me
privatizaría).
Con esa definición en la
mano, vale la pena mirar nuestra historia política más reciente. La gente sigue
buscando lideresas y líderes, pero no porque los ame, sino porque aspira al
menos peor. Está trazado en la memoria colectiva: no buscan un guía, quieren a
alguien que no los golpee tanto. (y eso es posiblemente por la religión, pero
ya hablaremos de ello en otra columna) Lo repito seguido: en todo gobierno no
todo está bien, ni todo está mal, igual que en nuestra vida personal. A veces
aceptamos golpes porque vienen “más suavecitos”.
Y con eso llego a lo
evidente: MORENA dejó de ser izquierda. Un gobierno que se dice defensor de la
clase trabajadora pero no puede, (o no quiere) aprobar una jornada laboral de
40 horas, no es un gobierno de las y los trabajadores. Es un gobierno que
administra el capital igual que los demás. Porque seamos claros: solo existen
dos partidos reales en México: los que defienden un bando del capital y los que
defienden al otro. Cambian los logos, pero no las lógicas. Ambos sirven
intereses económicos distintos, con estrategias distintas y sumisos distintos.
Ese es el error antropológico
más profundo: creemos que elegir entre bandos es elegir libertad. Igual que en
el fútbol, alguien apoya al América y otro a las Chivas. Si su equipo pierde, cambia
de playera. En política ocurre igual: se decepcionan de uno y migran al otro.
Pero el tablero es el mismo, solo cambian los colores del uniforme.
Por eso siempre insisto: la
única revolución viable es la de las conciencias, no la de los golpes. Y para
llegar a ese punto, antes debemos reconocer dónde estamos parados. Hoy, nuestro
ambiente social está atravesado por algo inédito: las redes sociales dejaron de
ser un termómetro político; ahora son un campo de batalla
económico–arancelario. Los medios ya ni siquiera informan: posicionan. No
discuten ideas, inyectan emociones en TikTok e Instagram. Cuando vi las
gráficas de inversión publicitaria política, entendí que la nueva disputa no es
por votos, sino por tu tiempo de atención.
Y si hablamos de estrategia,
tengo que hablar de mi área favorita: el discurso. Siempre lo digo: “la gente
no recuerda lo que dijiste, sino cómo la hiciste sentir” Quien domina los actos
de habla domina el poder, diría Austin. Quien controla la emoción, controla la
política, diría Foucault. Tómelo como dato: se habla muchísimo de los errores
del gobierno, pero casi nada de política mundial. Y cito al analista Alfredo
Jalife-Rahme (que pasó de ser promotor de la 4T a su hater más intenso): “Para
entender política nacional, debes entender política mundial.”
Y ahí está una de nuestras
tragedias discursivas: queremos soluciones sin entender el problema. Por eso
aplico una técnica personal, casi de supervivencia filosófica: el “21 por qué”.
Si tienes un problema, pregúntate: ¿por qué? Responde. Después vuelve a
preguntarte: ¿por qué? Y así, hasta llegar al número 21. En los primeros cinco
niveles solo rascas la superficie. Del sexto al décimo comienzas a incomodarte.
Después del quince empiezas a verte de frente. Y al llegar al veintiuno
encuentras algo parecido a la verdad.
Hace poco una amiga, que
lleva dos años en terapia psicológica, me contaba su desesperación por no
avanzar. Le sugerí este ejercicio. No para reemplazar la psicología, sino para
recordar que la filosofía sigue siendo la investigación de la esencia del ser.
Kardashov dijo lo mismo, pero
desde la astrofísica: una civilización que no sabe quién es, jamás sabrá hacia
dónde va. Y eso me lleva a una idea que a veces suena absurda, pero es
totalmente real: ¿cuál es nuestro objetivo como sociedad? Imaginemos por un
momento que llegamos a civilización tipo I y logramos aprovechar toda la
energía de nuestra estrella. Bajo nuestro sistema económico actual, puedo
asegurar que habría un dueño del Sol, con facturación mensual y tarifas
dinámicas, con la justificación de que hay aranceles por el uso solar. Recuerdo muy bien la película “No mires
arriba” esa joya cinematográfica que nos lanzó un espejo en plena cara: es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Si un día te levantas
sintiendo que no tienes rumbo, recuerda la escala de Kardashov. Eso es lo que
deberíamos estar intentando como especie, no como partidos. Preguntémonos: ¿qué
hemos hecho realmente para avanzar hacia ahí? ¿Realmente estamos avanzando o
nos detuvimos en el tiempo? La lección es clara: no sé si el comunismo sea la
respuesta. Tal vez sí, tal vez no. Pero lo que sí sé es que el capitalismo no
es la solución. No mientras tengamos la capacidad de destruirnos más rápido de
lo que evolucionamos.
Apostemos a una revolución de
conciencias, a cuestionarnos; a mirarnos de frente. A responder nuestros 21
porqués. Porque como dijo Marx: “Los filósofos, (y filósofas) solo han
interpretado el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. Y desde la astrofísica,
desde la política, desde la filosofía, vamos muy atrasadas y atrasados.
La política desde la astrofísica: Una reflexión sobre Kardashov hasta Marx

24 de Noviembre del 2025

Por más lejano que suene, a veces
necesitamos mirar hacia las estrellas para entender lo que ocurre en nuestra
banqueta. Las y los que me conocen bien, saben que mi trauma literario es la
obra “Los gatos piensan en física cuántica y los perros en universos paralelos” cuyo autor es el divulgador científico
Jorge Blaschke. Gracias a este, me emocioné muchísimo con estos temas, por lo cual quiero explicarles uno relativamente. El astrofísico Nikolái Kardashov
diseñó una escala simple para imaginar el nivel de desarrollo de una
civilización: la capacidad de aprovechar la energía disponible en su entorno.
La civilización tipo I es aquella que logra usar, (sin destruir su planeta)
toda la energía disponible en su mundo. La tipo II aprovecha la energía de su
estrella; la tipo III, de su galaxia completa. (Ya ahora tiene 12 tipos, los
cuales les invito a leer)
A estas alturas del
calendario humano, con satélites, inteligencia artificial, ciudades
hipertecnificadas y un mercado financiero que se cree omnipotente, cualquiera
pensaría que ya rozamos el nivel I. Pero no. Ni siquiera somos una civilización
tipo 1. No llegamos ni al 0.8. Tenemos la técnica, pero no la madurez. Tenemos
energía, pero no el propósito. La escala, más que un sueño futurista, es un
recordatorio doloroso: nuestro verdadero problema no es tecnológico, sino
social.
Y aquí viene la pregunta que
a nadie le gusta hacerse, pero muchos gritan: ¿qué es el comunismo? No la
caricatura ni el enemigo imaginario estampado en mantas. ¿Qué es en realidad?
Pocas y pocos lo leen, muchas
y muchos lo odian. Se protesta contra él con vehemencia milenarista, pero la
mayoría no podría definirlo sin googlearlo. Si quisiéramos explicarlo rápido,
útil y sin dogmas: es la idea de que la sociedad es resultado del trabajo
colectivo, no del genio individual ni del “líder o lideresa iluminada”. Es el
recordatorio de que la clase trabajadora sostiene todo y que la organización
social no debería depender de jerarquías sacralizadas. Aunque, claro, si Marx
pudiera revivir, seguro me demandaría por simplificarlo así, (hasta me
privatizaría).
Con esa definición en la
mano, vale la pena mirar nuestra historia política más reciente. La gente sigue
buscando lideresas y líderes, pero no porque los ame, sino porque aspira al
menos peor. Está trazado en la memoria colectiva: no buscan un guía, quieren a
alguien que no los golpee tanto. (y eso es posiblemente por la religión, pero
ya hablaremos de ello en otra columna) Lo repito seguido: en todo gobierno no
todo está bien, ni todo está mal, igual que en nuestra vida personal. A veces
aceptamos golpes porque vienen “más suavecitos”.
Y con eso llego a lo
evidente: MORENA dejó de ser izquierda. Un gobierno que se dice defensor de la
clase trabajadora pero no puede, (o no quiere) aprobar una jornada laboral de
40 horas, no es un gobierno de las y los trabajadores. Es un gobierno que
administra el capital igual que los demás. Porque seamos claros: solo existen
dos partidos reales en México: los que defienden un bando del capital y los que
defienden al otro. Cambian los logos, pero no las lógicas. Ambos sirven
intereses económicos distintos, con estrategias distintas y sumisos distintos.
Ese es el error antropológico
más profundo: creemos que elegir entre bandos es elegir libertad. Igual que en
el fútbol, alguien apoya al América y otro a las Chivas. Si su equipo pierde, cambia
de playera. En política ocurre igual: se decepcionan de uno y migran al otro.
Pero el tablero es el mismo, solo cambian los colores del uniforme.
Por eso siempre insisto: la
única revolución viable es la de las conciencias, no la de los golpes. Y para
llegar a ese punto, antes debemos reconocer dónde estamos parados. Hoy, nuestro
ambiente social está atravesado por algo inédito: las redes sociales dejaron de
ser un termómetro político; ahora son un campo de batalla
económico–arancelario. Los medios ya ni siquiera informan: posicionan. No
discuten ideas, inyectan emociones en TikTok e Instagram. Cuando vi las
gráficas de inversión publicitaria política, entendí que la nueva disputa no es
por votos, sino por tu tiempo de atención.
Y si hablamos de estrategia,
tengo que hablar de mi área favorita: el discurso. Siempre lo digo: “la gente
no recuerda lo que dijiste, sino cómo la hiciste sentir” Quien domina los actos
de habla domina el poder, diría Austin. Quien controla la emoción, controla la
política, diría Foucault. Tómelo como dato: se habla muchísimo de los errores
del gobierno, pero casi nada de política mundial. Y cito al analista Alfredo
Jalife-Rahme (que pasó de ser promotor de la 4T a su hater más intenso): “Para
entender política nacional, debes entender política mundial.”
Y ahí está una de nuestras
tragedias discursivas: queremos soluciones sin entender el problema. Por eso
aplico una técnica personal, casi de supervivencia filosófica: el “21 por qué”.
Si tienes un problema, pregúntate: ¿por qué? Responde. Después vuelve a
preguntarte: ¿por qué? Y así, hasta llegar al número 21. En los primeros cinco
niveles solo rascas la superficie. Del sexto al décimo comienzas a incomodarte.
Después del quince empiezas a verte de frente. Y al llegar al veintiuno
encuentras algo parecido a la verdad.
Hace poco una amiga, que
lleva dos años en terapia psicológica, me contaba su desesperación por no
avanzar. Le sugerí este ejercicio. No para reemplazar la psicología, sino para
recordar que la filosofía sigue siendo la investigación de la esencia del ser.
Kardashov dijo lo mismo, pero
desde la astrofísica: una civilización que no sabe quién es, jamás sabrá hacia
dónde va. Y eso me lleva a una idea que a veces suena absurda, pero es
totalmente real: ¿cuál es nuestro objetivo como sociedad? Imaginemos por un
momento que llegamos a civilización tipo I y logramos aprovechar toda la
energía de nuestra estrella. Bajo nuestro sistema económico actual, puedo
asegurar que habría un dueño del Sol, con facturación mensual y tarifas
dinámicas, con la justificación de que hay aranceles por el uso solar. Recuerdo muy bien la película “No mires
arriba” esa joya cinematográfica que nos lanzó un espejo en plena cara: es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Si un día te levantas
sintiendo que no tienes rumbo, recuerda la escala de Kardashov. Eso es lo que
deberíamos estar intentando como especie, no como partidos. Preguntémonos: ¿qué
hemos hecho realmente para avanzar hacia ahí? ¿Realmente estamos avanzando o
nos detuvimos en el tiempo? La lección es clara: no sé si el comunismo sea la
respuesta. Tal vez sí, tal vez no. Pero lo que sí sé es que el capitalismo no
es la solución. No mientras tengamos la capacidad de destruirnos más rápido de
lo que evolucionamos.
Apostemos a una revolución de
conciencias, a cuestionarnos; a mirarnos de frente. A responder nuestros 21
porqués. Porque como dijo Marx: “Los filósofos, (y filósofas) solo han
interpretado el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. Y desde la astrofísica,
desde la política, desde la filosofía, vamos muy atrasadas y atrasados.